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Cuando los administradores de sistemas gobernaron el mundo

Este relato fue ganador del Premio Locus 2007 en el rubro “Cuento”.
Autor: Cory Doctorow

Sitio – http://craphound.com
Foto – http://craphound.com/doctorow.jpg (crédito: Bart Nagle)
Biografía completa: http://craphound.com/bio

Cuando el teléfono especial de Felix sonó a las dos de la mañana, Kelly se dio vuelta, le dio un puñetazo en el hombro y siseó: —¿Por qué no apagaste esa cosa de mierda antes de acostarte?

—Porque estoy de turno —dijo.

—No eres un médico de mierda —dijo ella, pateándolo mientras él se sentaba en el borde de la cama y se ponía el pantalón que había dejado en el piso antes de acostarse—. Eres un maldito administrador de sistemas.

—Es mi trabajo —dijo él.

—Te hacen trabajar como una mula gubernamental —dijo ella—. Sabes que tengo razón. Por amor de Cristo, eres padre ahora, no puedes salir corriendo en medio de la noche cada vez que a alguien se le cae su proveedor de pornografía. No respondas ese teléfono.

Sabía que ella tenía razón. Respondió al teléfono.

—Los ruteadores principales no responden. BGP[1] no responde. —A la voz mecánica del monitor de sistemas no le importaba si maldecía, así que lo hizo y se sintió un poco mejor.

—Tal vez pueda arreglarlo desde aquí —dijo. Podía ingresar al UPS[2] por el área cerrada y reiniciar los ruteadores. El UPS estaba en un bloque de red diferente, con sus ruteadores independientes, alimentados con sus propios suministros de energía ininterrumpida.

Kelly estaba sentada en la cama ahora, una forma borrosa contra la cabecera.

—En cinco años de matrimonio, jamás pudiste arreglar nada desde aquí.

En esto estaba equivocada: arreglaba cosas desde su casa todo el tiempo, pero lo hacía discretamente y sin quejarse, de modo que ella no lo registraba. Y también tenía razón; tenía registros que mostraban que después de la una de la mañana jamás se podía arreglar nada sin llegarse hasta el área cerrada. Ley de la Infinita Perversión Universal… también conocida como la Ley de Felix.

Cinco minutos después, Felix estaba al volante. No había logrado arreglarlo desde casa. El bloque del enrutador independiente también estaba fuera de línea. La última vez que había ocurrido había sido porque un estúpido trabajador de la construcción había cavado una zanja a través del conducto principal del centro de datos; y Felix se había unido a un equipo de cincuenta enfurecidos administradores de sistema que estuvieron una semana encima del hoyo gritándoles a los pobres bastardos que trabajaron las 24 horas del día durante una semana para re-empalmar los diez mil cables.

Mientras iba en el automóvil, su teléfono sonó dos veces más, y lo conectó al estéreo para que los mecánicos reportes del estado crítico de la infraestructura de la red fuera de línea salieran a través de los bafles. Luego Kelly llamó.

—Hola —dijo.

—No te alarmes, puedo oír en tu voz que te asustaste.

Sonrió de manera involuntaria.

—No, no me asusté.

—Te amo, Felix —dijo.

—Estoy totalmente chiflado por ti, Kelly. Vuelve a la cama.

—Dos Punto Cero está despierto —dijo. El bebé había sido una prueba beta mientras estaba en su útero, y cuando se rompió la bolsa recibió el llamado y salió corriendo de la oficina gritando “¡El Archivo Maestro ya está listo!”. Habían empezado a llamarlo “2.0” antes de que terminara su primer berrido—. Este pequeño bastardo ha nacido para tomar la teta.

—Lamento haberte despertado —dijo. Estaba casi en el centro de datos. A las dos de la mañana no había tráfico. Disminuyó la velocidad y aparcó antes de llegar a la entrada del garaje. No quería perder la señal de Kelly bajo tierra.

—No es porque me despiertes —dijo ella—. Has estado ahí durante siete años. Tienes tres subalternos a tu cargo. Dales el teléfono a ellos. Ya has pagado tu derecho de piso.

—No me gusta pedir a mis subalternos que hagan algo que yo no haría —dijo.

—Lo has hecho —dijo—. Por favor. Odio despertarme sola a la noche. Te extraño más a la noche.

—Kelly…

—Ya no estoy enfadada. Te extraño, eso es todo. Me das dulces sueños.

—De acuerdo —dijo.

—¿Así de simple?

—Exactamente. Así de simple. No me gusta que tengas pesadillas, y he pagado mi derecho de piso. Desde ahora, sólo tomaré llamadas nocturnas para cubrir vacaciones.

Ella rió.

—Los administradores de sistema no toman vacaciones.

—Éste sí —dijo—. Lo prometo.

—Eres maravilloso —dijo ella—. Oh, qué asco. Dos Punto Cero acaba de descargar líquido por toda mi bata.

—Ése es mi nene —dijo.

—Oh, claro que lo es —dijo ella y colgó.

Él condujo el automóvil hacia el interior del edificio del centro de datos, mostró su identificación y levantó un legañoso párpado para que el escáner retinal le aplicase una buena inspección a su soñoliento globo ocular.

Se detuvo en la máquina expendedora para servirse una barra energética de guaraná-medafonil y una taza de letal café robótico en una taza a prueba de derrames. Devoró la barra y sorbió el café, luego dejó que la puerta interior leyera la geometría de su mano y la analizara un momento. La entrada se abrió con un suspiro y lanzó sobre él una ráfaga de aire presurizado. Por fin entró en el santuario interior.

Eso era un manicomio. Los cubículos estaban diseñados como para que maniobraran a la vez dos o tres administradores de sistema. Cada centímetro cúbico restante de espacio estaba ocupado por gabinetes de zumbantes servidores, ruteadores y unidades de disco. Apretujados entre los equipos había por lo menos veinte administradores. Una típica convención de camisetas negras con inexplicables leyendas y barrigas que desbordaban sobre los cinturones cargados de teléfonos y herramientas múltiples.

Lo normal era que el aire estuviese helado en el cubículo, pero todos esos cuerpos recalentaban el espacio. Cuando se acercó, cinco o seis levantaron la vista e hicieron muecas. Dos de ellos le dieron la bienvenida por su nombre. Zigzagueó llevando su estómago entre la gente y las celdas de metal, hacia los gabinetes Ardent del fondo de la habitación.

—Felix.

Era Van, que no estaba de turno esa noche.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó—. No hay ninguna necesidad de que mañana estemos destruidos los dos.

—¿Qué? Oh. Ahí está mi caja personal. Se desconectó a eso de las 1:30 y mi monitor de procesamiento me despertó. Debería haberte llamado y decirte que venía yo… Ahorrarte el viaje.

El servidor de Felix —un gabinete que compartía con otros cinco amigos— estaba en un rack en el piso de abajo. Se preguntó si también estaría fuera de línea.

—¿Qué es lo que pasa?

—Ataque masivo de un gusano veloz. Algún asno aprovechó el lapso antes de que se actualizara el antivirus[3] y logró que todas las cajas Windows de la red se pusieran a correr muestreos Monte Carlo en todos los bloques de IP, incluso en los IPv6. Todos los administradores de interfaz de los grandes Cisco[4] corren en v6, y se caen si reciben más de diez muestreos al mismo tiempo, lo que significa que casi todo el intercambio se ha venido abajo. El sistema de nombres también está chiflado, como si alguien hubiese envenenado la transferencia zonal anoche. Ah, y hay un correo electrónico y componente IM que envía unos mensajes que parecen normales a todos lo que están en tu libreta de direcciones, vomitando un diálogo Eliza que cierra tu conexión de correo electrónico para lograr que abras un Troyano.

—Jesús.

—Sí.

Van era un adminsis tipo dos, de más de un metro ochenta de estatura, larga cola de caballo y nuez movediza. Sobre su pecho plano, su camiseta decía ESCOGE TU ARMA y mostraba una hilera de dados poliédricos RPG.

Felix era un administrador de tipo uno que tenía unos treinta a cuarenta kilos de más alrededor de su sector central y una barba prolija aunque abundante sobre su gruesa papada. Su camiseta decía HOLA CTHULHU y exhibía un bonito Cthulhu sin boca, al estilo Hello-Kitty. Se conocían desde hacía quince años. Se habían conocido en Usenet, luego de unas sesiones de cerveza en el Freenet de Toronto, y otro par en convenciones de Star Trek, y finalmente Felix había contratado a Van para trabajar con él en Ardent. Van era confiable y metódico. Entrenado como ingeniero eléctrico, tenía una sucesión de cuadernos de espiral repletos de detalles de cada paso que había dado alguna vez, con hora y fecha.

—Ni siquiera son PEETYS esta vez —dijo Van. Problema Existente Entre Teclado y Silla. Los troyanos de correo electrónico estaban en esa categoría… si las personas fueran lo bastante listas para no abrir adjuntos sospechosos, los troyanos de correo electrónico serían cosa del pasado. Pero los gusanos que comían los ruteadores Cisco no eran un problema de los usuarios… eran por culpa de ingenieros incompetentes.

—No, es culpa de Microsoft —dijo Felix—. Cada vez que me veo trabajando a las dos de la mañana o es PEETYS o es Microsloth.

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Traducción de Graciela Lorenzo Tillard.
Título original: When Sysadmins Ruled the Earth, 2006.
Versión en inglés:
http://www.baens-universe.com/articles/When_Sysadmins_Ruled_the_Earth
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