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Cuando los administradores de sistemas gobernaron el mundo (2)

Este relato fue ganador del Premio Locus 2007 en el rubro “Cuento”.
Autor: Cory Doctorow

Sitio – http://craphound.com
Foto – http://craphound.com/doctorow.jpg (crédito: Bart Nagle)
Biografía completa: http://craphound.com/bio

Terminaron desconectando los putos ruteadores de Internet. No Felix, por supuesto, aunque se estaba muriendo por hacerlo y reiniciarlos después de cerrar sus interfaces IPv6. Lo hicieron dos bastardos tecnicuchos operadores del infierno que tuvieron que girar dos llaves al mismo tiempo para acceder a su celda, como si fuesen guardias de un silo de misiles. El noventa y cinco por ciento del tráfico de larga distancia de Canadá pasaba a través de ese edificio. Tenía mejor seguridad que la mayoría de las bases de misiles.

Felix y Van pusieron de vuelta en línea sus gabinetes Ardent simultáneamente. Estaban recibiendo el bombardeo de los muestreos del gusano; al poner los ruteadores de nuevo en línea directa exponían a las celdas que seguían en la red a continuación de esas. Todas las cajas en Internet estaban inundadas de copias del gusano, o estaban creando ataques de gusano, o ambas cosas. Felix logró llegar a NIST[5] y a Bugtraq[6] luego de unas cien interrupciones, y descargó algunos parches de kernel que reducirían la carga que le causaban los gusanos a las computadoras a su cargo. Eran las diez de la mañana, y estaba bastante hambriento como para comerse el trasero de un oso muerto, pero recompiló los programas de sus núcleos y puso las computadoras otra vez en línea. Los largos dedos de Van volaban sobre el teclado de administración, sacando la lengua mientras ponía instrucciones de carga en cada máquina.

—Greedo tenía doscientos días de servicio —dijo Van. Greedo era el servidor más viejo del soporte, de la época en que les ponían a las cajas los nombres de los personajes de Star Wars. Ahora les ponían nombres de pitufos, y como se estaban quedando sin pitufos habían empezado a usar los nombres de McDonald, comenzando con la laptop de Van, McCheese Gigante.

—Greedo renacerá —dijo Felix—. Tengo una 486 allá abajo con más de cinco años de servicio. Me va a romper el corazón reiniciarla.

—¿Para qué eterna mierda usas una 486?

—Para nada. ¿Pero quién apaga una máquina luego de un servicio de cinco años? Es como hacerle eutanasia a tu abuela.

—Me voy a comer —dijo Van.

—¿Sabes qué? —dijo Felix—. Activaremos tu caja, luego la mía, entonces te llevaré a Lakeview Lunch a desayunar pizzas, y luego puedes tomarte el resto del día libre.

—Vale —dijo Van—. Hombre, eres demasiado bueno con nosotros los peones. Deberías meternos en un hoyo y golpearnos, como todos los otros jefes. Es todo lo que nos merecemos.

—Tu teléfono —dijo Van.

Felix se apartó de las tripas de la 486, que se había negado rotundamente a encender. Había rapiñado una fuente de repuesto a unos tipos que hacían una operación antispam y estaba tratando de colocarla. Dejó que Van le pasara el teléfono, que se había caído de su cinturón mientras se retorcía para llegar a la parte posterior de la máquina.

—Hey, Kel —dijo. Se escuchaba un extraño resoplido al fondo. ¿Estática, tal vez? ¿2.0 chapoteando en el baño?—. ¿Kelly?

La línea quedó en silencio. Trató de devolver la llamada, pero no consiguió nada; ni sonido ni correo de voz. Su teléfono llegó al tiempo máximo y mostró un cartelito: ERROR DE LA RED.

—Maldita sea —dijo con suavidad. Sujetó el teléfono a su cinturón. Kelly quería saber cuándo volvía a casa, o quería que recogiera algo para la familia. Le habría dejado un mensaje hablado.

Estaba probando la fuente de la computadora cuando su teléfono volvió a sonar. Lo tomó y respondió.

—Kelly, hey, ¿qué sucede?

Procuró evitar un tono que sonara a irritación en su voz. Se sentía culpable: hablando en sentido técnico, había terminado sus obligaciones con Ardent Financial LLC en cuanto los servidores Ardent estuvieron de nuevo en línea. Las tres horas siguientes habían sido puramente personales; aunque pensara facturárselas a la compañía.

Escuchó un sollozo en la línea.

—¿Kelly? —Sintió que la sangre se le iba de la cara y los dedos de los pies.

—Felix —dijo, de modo apenas comprensible entre los sollozos—. Está muerto, oh, Jesús, está muerto.

—¿Quién? ¿Quién, Kelly?

—Will —dijo.

¿Will?, pensó. Quién demonios es… Cayó de rodillas. William era el nombre que habían escrito en la partida de nacimiento, aunque siempre lo habían llamado 2.0. Felix hizo un sonido de angustia, como un ladrido enfermo.

—Estoy enferma —dijo ella—, ya ni siquiera puedo estar de pie. Oh, Felix. Te amo tanto.

—¿Kelly? ¿Qué está ocurriendo?

—Todos, todos… —dijo—. En la tele hay sólo dos canales. Cristo, Felix, parece la noche de todos los muertos en una ventana… —Escuchó su arcada. El teléfono empezó a fallar, repitiendo los ruidos de su vómito como un eco.

—Quédate allí, Kelly —gritó mientras la línea moría. Marcó el 911, pero el teléfono dijo ERROR DE LA RED una y otra vez tan pronto tocaba ENVIAR.

Tomó la McCheese Gigante de Van y la enchufó en el cable de red de la 486, entró en el Firefox por la línea de comandos y buscó el sitio de la Policía Metropolitana. Con rapidez, sin desesperarse, buscó una planilla de contacto en línea. Felix jamás perdía la cabeza. Su función era resolver problemas y ponerse frenético nunca ayudaba.

Localizó una planilla en línea y escribió los detalles de su conversación con Kelly como si estuviera guardando un informe de errores, dedos rápidos, descripción completa, y luego le dio a ENVIAR.

Van había leído por encima de su hombro.

—Felix… —empezó.

—Dios —dijo Felix. Estaba sentado sobre el piso de la celda; se irguió con lentitud. Van tomó la laptop y probó algunos sitios de noticias, pero todos estaban fuera. Era imposible decir si era porque ocurría algo terrible o porque la red estaba cojeando a causa del súper gusano.

—Debo volver a casa —dijo Felix.

—Te llevaré —dijo Van—. Puedes seguir llamando a tu esposa.

Se abrieron paso hasta los ascensores. Allí estaba una de las pocas ventanas del edificio, una abertura de vidrio grueso y reforzado. Espiaron por ella mientras esperaban el ascensor. No mucho tráfico para ser miércoles. ¿Había más patrulleros de lo habitual?

Oh, mi Dios… —señaló Van.

Hacia el este se veía la Torre CN, la gigantesca aguja de un enorme edificio. Estaba torcida, como una rama inserta en arena húmeda. ¿Se estaba moviendo? Sí. Se estaba inclinando, despacio, pero ganaba velocidad, cayendo hacia al noreste, sobre el centro financiero. En un segundo más se deslizó fuera de su centro de gravedad y se vino abajo. Sintieron la conmoción, luego la escucharon, y todo el edificio se meció por el impacto. De los restos se levantó una nube de polvo, y se escucharon más truenos mientras la estructura más alta del mundo chocaba un edificio tras otro.

—Se está cayendo el Centro de Transmisión —dijo Van. Así era; el altísimo edificio de la CBC se estaba desplomando en cámara lenta. La gente que corría por todos lados resultaba aplastada por la mampostería que caía. Visto a través de la portilla era como observar un prolijo truco CGI descargado de un sitio de archivos compartidos.

Los adminsis se estaban apiñando a su alrededor, abriéndose paso a empellones para ver la destrucción.

—¿Qué ocurrió? —preguntó uno de ellos.

—La torre CN se vino abajo —dijo Felix. Sonó lejano a sus propios oídos.

—¿Fue el virus?

—¿El gusano? ¿Qué? —Felix enfocó sus ojos en el tipo, un joven administrador de tipo dos con apenas un poco de grasa alrededor de su zona central.

—No el gusano —dijo el tipo—. Recibí un correo electrónico que decía que toda la ciudad fue puesta en cuarentena por un virus. Arma biológica, dicen.

Le pasó a Felix su Blackberry.

Felix estaba tan concentrado en el informe —que se suponía enviado por Salud de Canadá— que ni siquiera notó que se habían apagado todas las luces. Entonces se dio cuenta, devolvió la Blackberry a su propietario, y dejó escapar un pequeño sollozo.

Los generadores de emergencia se pusieron en funcionamiento un minuto después. Los adminsis corrieron hacia las escaleras. Felix tomó a Van por el brazo, lo retuvo.

—Tal vez deberíamos esperar en la celda a que esto termine —dijo.

—¿Y qué me dices de Kelly? —dijo Van.

Felix sentía que iba a vomitar.

—Deberíamos meternos en la celda, ahora. —La celda tenía filtros de aire de micropartículas.

Corrieron escaleras arriba hasta la celda grande. Felix abrió la puerta y luego dejó que se cerrara siseando detrás de él.

—Felix, debes ir a casa…

—Es un arma biológica —dijo Felix—. Súper gusano. Mientras los filtros aguanten estaremos bien aquí, creo.

—¿Qué?

—Métete al IRC —dijo.

Lo hicieron. Van tenía la McCheese Gigante y Felix usaba a Pitufina. Cambiaron de canal de chat hasta que encontraron uno con algunas frases familiares.


> Pentágono desaparecido / Casa Blanca también
> MIS VECINOS VOMITAN SANGRE POR SU BALCÓN EN SAN DIEGO
> Alguien golpeó el Pepinillo. Los banqueros están huyendo de la ciudad como ratas.
> Oí que el Ginza estaba ardiendo

Felix tecleó: estoy en Toronto. Acabamos de ver caer a la Torre CN. He escuchado informes de armas biológicas, algo muy rápido.

Van lo leyó y dijo:

—No sabes qué tan rápida es, Felix. Tal vez todos estuvimos expuestos hace tres días.

Felix cerró los ojos.

—Si eso fuera cierto creo que sentiríamos algunos síntomas.


> Parece que un pulso electromagnético sacó a Hong Kong y tal vez a París… las secuencias satelitales las muestran totalmente oscuras, y todos los bloques de red allí no están ruteando
> ¿Estás en Toronto?

Era una frase poco familiar.


> Sí  – en Calle Front
> Mi hermana está cerca de Toronto y no puedo contactar – ¿puede llamarla?
> No hay servicio telefónico

Felix tecleó, mirando PROBLEMAS DE LA RED.

—Tengo un teléfono en McCheese Gigante —dijo Van, iniciando su aplicación de voz en IP—. Acabo de recordar.

Felix tomó la laptop de sus manos y marcó el número de su casa. Sonó una vez, luego escuchó un sonido monotonal, gimoteante como de una sirena de ambulancia en una película italiana.


> No hay servicio telefónico

Felix tecleó otra vez.

Levantó la mirada hacia Van, y vio que sus delgados hombros se sacudían.

—Sagrada madreputa de mierda —dijo Van—. Es el fin del mundo.

Felix dejó de fisgonear en IRC una hora después. Atlanta se había quemado. Manhattan estaba radiactiva, lo bastante para retorcer las cámaras que tomaban el Lincoln Plaza. Todos culpaban al Islam hasta que se volvió claro que la Meca era un hoyo humeante y que los reyes sauditas habían sido colgados delante de sus palacios.

Sus manos temblaban y Van lloraba serenamente en la esquina opuesta de la celda. Trató de llamar a casa otra vez, y luego a la policía. No fue mejor que las últimas veinte veces que había intentado.

Se metió en su caja en el piso de abajo y abrió su correo. Spam, spam, spam. Más spam. Mensajes automáticos. Allí… un mensaje urgente del sistema de detección de intrusos en la celda Ardent.

Lo abrió y leyó rápidamente. Alguien estaba sondeando sus ruteadores de una manera rudimentaria y repetida. No encajaba con la firma de un gusano, tampoco. Siguió la ruta del ataque y descubrió que se había originado en el mismo edificio, un sistema en una celda ubicada un piso más abajo.

Tenía procedimientos para esto. Registró el puerto de su atacante y descubrió que el puerto 1337 estaba abierto; 1337 era “leet” o “elite” en el código de sustitución numérico de los piratas informáticos. Ése era justo el tipo de puerto que los gusanos dejaban abierto para deslizarse entrando y saliendo. Buscó gusanos conocidos que abrieran el puerto 1337, ajustó la búsqueda en base a los rastros en el sistema operativo del servidor comprometido, y entonces lo tuvo.

Era un antiguo gusano, contra el cual todas las cajas deberían haber sido emparchadas muchos años atrás. No importaba. Tenía el cliente, y lo utilizó para crear una cuenta raíz propia en la caja. Ingresó y echó un vistazo.

Había otro usuario registrado, “Scaredy”. Revisó el monitor de proceso y vio que Scaredy había generado los cientos de procesos que estaban sondeando su caja y muchas otras.

Abrió un chat:


> Deja de sondear mi servidor

Esperaba una jactanciosa y culpable negación. Quedó sorprendido.


> ¿Estás en el centro de datos de Calle Front?
> Sí
> Cristo. Pensaba que era el último vivo. Estoy en el cuarto piso. Creo que afuera hay un ataque biológico. No quiero dejar el cuarto aislado.

Felix resopló.

> ¿Me estabas sondeando para que te siguiera el rastro?
> Sí
> Eso fue astuto

Inteligente bastardo.

> Estoy en el sexto piso, tengo uno más conmigo.
> ¿Qué sabes?

Felix pegó la información en el IRC y esperó mientras el otro tipo la digería. Van se puso de pie y caminó. Sus ojos estaban vidriosos.

—¿Van? ¿Amigo?

—Tengo que hacer pis —dijo.

—Nada de abrir la puerta —dijo Felix—. Vi un botellón vacío de agua mineral allí en la basura.

—Correcto —dijo Van. Caminó como un zombi al tacho de basura y sacó la botella vacía. Volvió la espalda.


> Soy Felix
> Will

El estómago de Felix dio una lenta voltereta mientras pensaba en 2.0.

—Felix, creo que debo salir —dijo Van. Se estaba dirigiendo hacia la puerta de la cámara de compresión. Felix dejó caer su teclado, se puso de pie como pudo y se lanzó de cabeza hacia Van, volteándolo antes de que llegara a la puerta.

—Van —dijo, mirando dentro de los ojos vidriosos y perdidos de su amigo—. Mírame, Van.

—Debo irme —dijo Van—. Debo llegar a casa y alimentar a los gatos.

—Hay algo ahí afuera, algo letal que actúa velozmente. Tal vez se vaya con el viento. Tal vez ya se ha ido. Pero vamos a sentarnos aquí hasta que lo sepamos con seguridad o hasta que no tengamos elección. Siéntate, Van. Siéntate.

—Tengo frío, Felix.

Estaba helado. Los brazos de Felix tenían piel de gallina y sus pies se sentían como bloques de hielo.

—Siéntate contra los servidores, junto a las ventilaciones. Toma el calor que sale. —Encontró un rack y se acomodó contra él.


> ¿Estás ahí?
> Todavía aquí – solucionando alguna logística
> ¿Cuánto tiempo hasta que podamos salir?
> No tengo idea

Luego nadie tecleó nada durante bastante tiempo.

Siguiente capítulo:

Traducción de Graciela Lorenzo Tillard.
Título original: When Sysadmins Ruled the Earth, 2006.
Versión en inglés:
http://www.baens-universe.com/articles/When_Sysadmins_Ruled_the_Earth
This translation is under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike license:
http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/

Cuando los administradores de sistemas gobernaron el mundo

Este relato fue ganador del Premio Locus 2007 en el rubro “Cuento”.
Autor: Cory Doctorow

Sitio – http://craphound.com
Foto – http://craphound.com/doctorow.jpg (crédito: Bart Nagle)
Biografía completa: http://craphound.com/bio

Cuando el teléfono especial de Felix sonó a las dos de la mañana, Kelly se dio vuelta, le dio un puñetazo en el hombro y siseó: —¿Por qué no apagaste esa cosa de mierda antes de acostarte?

—Porque estoy de turno —dijo.

—No eres un médico de mierda —dijo ella, pateándolo mientras él se sentaba en el borde de la cama y se ponía el pantalón que había dejado en el piso antes de acostarse—. Eres un maldito administrador de sistemas.

—Es mi trabajo —dijo él.

—Te hacen trabajar como una mula gubernamental —dijo ella—. Sabes que tengo razón. Por amor de Cristo, eres padre ahora, no puedes salir corriendo en medio de la noche cada vez que a alguien se le cae su proveedor de pornografía. No respondas ese teléfono.

Sabía que ella tenía razón. Respondió al teléfono.

—Los ruteadores principales no responden. BGP[1] no responde. —A la voz mecánica del monitor de sistemas no le importaba si maldecía, así que lo hizo y se sintió un poco mejor.

—Tal vez pueda arreglarlo desde aquí —dijo. Podía ingresar al UPS[2] por el área cerrada y reiniciar los ruteadores. El UPS estaba en un bloque de red diferente, con sus ruteadores independientes, alimentados con sus propios suministros de energía ininterrumpida.

Kelly estaba sentada en la cama ahora, una forma borrosa contra la cabecera.

—En cinco años de matrimonio, jamás pudiste arreglar nada desde aquí.

En esto estaba equivocada: arreglaba cosas desde su casa todo el tiempo, pero lo hacía discretamente y sin quejarse, de modo que ella no lo registraba. Y también tenía razón; tenía registros que mostraban que después de la una de la mañana jamás se podía arreglar nada sin llegarse hasta el área cerrada. Ley de la Infinita Perversión Universal… también conocida como la Ley de Felix.

Cinco minutos después, Felix estaba al volante. No había logrado arreglarlo desde casa. El bloque del enrutador independiente también estaba fuera de línea. La última vez que había ocurrido había sido porque un estúpido trabajador de la construcción había cavado una zanja a través del conducto principal del centro de datos; y Felix se había unido a un equipo de cincuenta enfurecidos administradores de sistema que estuvieron una semana encima del hoyo gritándoles a los pobres bastardos que trabajaron las 24 horas del día durante una semana para re-empalmar los diez mil cables.

Mientras iba en el automóvil, su teléfono sonó dos veces más, y lo conectó al estéreo para que los mecánicos reportes del estado crítico de la infraestructura de la red fuera de línea salieran a través de los bafles. Luego Kelly llamó.

—Hola —dijo.

—No te alarmes, puedo oír en tu voz que te asustaste.

Sonrió de manera involuntaria.

—No, no me asusté.

—Te amo, Felix —dijo.

—Estoy totalmente chiflado por ti, Kelly. Vuelve a la cama.

—Dos Punto Cero está despierto —dijo. El bebé había sido una prueba beta mientras estaba en su útero, y cuando se rompió la bolsa recibió el llamado y salió corriendo de la oficina gritando “¡El Archivo Maestro ya está listo!”. Habían empezado a llamarlo “2.0” antes de que terminara su primer berrido—. Este pequeño bastardo ha nacido para tomar la teta.

—Lamento haberte despertado —dijo. Estaba casi en el centro de datos. A las dos de la mañana no había tráfico. Disminuyó la velocidad y aparcó antes de llegar a la entrada del garaje. No quería perder la señal de Kelly bajo tierra.

—No es porque me despiertes —dijo ella—. Has estado ahí durante siete años. Tienes tres subalternos a tu cargo. Dales el teléfono a ellos. Ya has pagado tu derecho de piso.

—No me gusta pedir a mis subalternos que hagan algo que yo no haría —dijo.

—Lo has hecho —dijo—. Por favor. Odio despertarme sola a la noche. Te extraño más a la noche.

—Kelly…

—Ya no estoy enfadada. Te extraño, eso es todo. Me das dulces sueños.

—De acuerdo —dijo.

—¿Así de simple?

—Exactamente. Así de simple. No me gusta que tengas pesadillas, y he pagado mi derecho de piso. Desde ahora, sólo tomaré llamadas nocturnas para cubrir vacaciones.

Ella rió.

—Los administradores de sistema no toman vacaciones.

—Éste sí —dijo—. Lo prometo.

—Eres maravilloso —dijo ella—. Oh, qué asco. Dos Punto Cero acaba de descargar líquido por toda mi bata.

—Ése es mi nene —dijo.

—Oh, claro que lo es —dijo ella y colgó.

Él condujo el automóvil hacia el interior del edificio del centro de datos, mostró su identificación y levantó un legañoso párpado para que el escáner retinal le aplicase una buena inspección a su soñoliento globo ocular.

Se detuvo en la máquina expendedora para servirse una barra energética de guaraná-medafonil y una taza de letal café robótico en una taza a prueba de derrames. Devoró la barra y sorbió el café, luego dejó que la puerta interior leyera la geometría de su mano y la analizara un momento. La entrada se abrió con un suspiro y lanzó sobre él una ráfaga de aire presurizado. Por fin entró en el santuario interior.

Eso era un manicomio. Los cubículos estaban diseñados como para que maniobraran a la vez dos o tres administradores de sistema. Cada centímetro cúbico restante de espacio estaba ocupado por gabinetes de zumbantes servidores, ruteadores y unidades de disco. Apretujados entre los equipos había por lo menos veinte administradores. Una típica convención de camisetas negras con inexplicables leyendas y barrigas que desbordaban sobre los cinturones cargados de teléfonos y herramientas múltiples.

Lo normal era que el aire estuviese helado en el cubículo, pero todos esos cuerpos recalentaban el espacio. Cuando se acercó, cinco o seis levantaron la vista e hicieron muecas. Dos de ellos le dieron la bienvenida por su nombre. Zigzagueó llevando su estómago entre la gente y las celdas de metal, hacia los gabinetes Ardent del fondo de la habitación.

—Felix.

Era Van, que no estaba de turno esa noche.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó—. No hay ninguna necesidad de que mañana estemos destruidos los dos.

—¿Qué? Oh. Ahí está mi caja personal. Se desconectó a eso de las 1:30 y mi monitor de procesamiento me despertó. Debería haberte llamado y decirte que venía yo… Ahorrarte el viaje.

El servidor de Felix —un gabinete que compartía con otros cinco amigos— estaba en un rack en el piso de abajo. Se preguntó si también estaría fuera de línea.

—¿Qué es lo que pasa?

—Ataque masivo de un gusano veloz. Algún asno aprovechó el lapso antes de que se actualizara el antivirus[3] y logró que todas las cajas Windows de la red se pusieran a correr muestreos Monte Carlo en todos los bloques de IP, incluso en los IPv6. Todos los administradores de interfaz de los grandes Cisco[4] corren en v6, y se caen si reciben más de diez muestreos al mismo tiempo, lo que significa que casi todo el intercambio se ha venido abajo. El sistema de nombres también está chiflado, como si alguien hubiese envenenado la transferencia zonal anoche. Ah, y hay un correo electrónico y componente IM que envía unos mensajes que parecen normales a todos lo que están en tu libreta de direcciones, vomitando un diálogo Eliza que cierra tu conexión de correo electrónico para lograr que abras un Troyano.

—Jesús.

—Sí.

Van era un adminsis tipo dos, de más de un metro ochenta de estatura, larga cola de caballo y nuez movediza. Sobre su pecho plano, su camiseta decía ESCOGE TU ARMA y mostraba una hilera de dados poliédricos RPG.

Felix era un administrador de tipo uno que tenía unos treinta a cuarenta kilos de más alrededor de su sector central y una barba prolija aunque abundante sobre su gruesa papada. Su camiseta decía HOLA CTHULHU y exhibía un bonito Cthulhu sin boca, al estilo Hello-Kitty. Se conocían desde hacía quince años. Se habían conocido en Usenet, luego de unas sesiones de cerveza en el Freenet de Toronto, y otro par en convenciones de Star Trek, y finalmente Felix había contratado a Van para trabajar con él en Ardent. Van era confiable y metódico. Entrenado como ingeniero eléctrico, tenía una sucesión de cuadernos de espiral repletos de detalles de cada paso que había dado alguna vez, con hora y fecha.

—Ni siquiera son PEETYS esta vez —dijo Van. Problema Existente Entre Teclado y Silla. Los troyanos de correo electrónico estaban en esa categoría… si las personas fueran lo bastante listas para no abrir adjuntos sospechosos, los troyanos de correo electrónico serían cosa del pasado. Pero los gusanos que comían los ruteadores Cisco no eran un problema de los usuarios… eran por culpa de ingenieros incompetentes.

—No, es culpa de Microsoft —dijo Felix—. Cada vez que me veo trabajando a las dos de la mañana o es PEETYS o es Microsloth.

Siguiente capítulo

Traducción de Graciela Lorenzo Tillard.
Título original: When Sysadmins Ruled the Earth, 2006.
Versión en inglés:
http://www.baens-universe.com/articles/When_Sysadmins_Ruled_the_Earth
This translation is under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike license:
http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/